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En septiembre de 2010, el huracán Karl azotó Veracruz. Ese año, las presas cercanas al puerto sobrepasaron su capacidad y, como medida de seguridad, fueron desfogadas. Varias colonias quedaron bajo el agua, entre ellas El fraccionamiento Floresta, ya desde antes famosa por sus inundaciones y donde vivían mis padres. Los testimonios de los vecinos recuerdan que el agua permaneció entre cinco y siete días, que las bombas no funcionaban y que, mientras la ayuda tardaba en llegar, cada familia tuvo que ingeniárselas para cuidar su patrimonio. La catástrofe no fue únicamente natural, sino también consecuencia de fallas institucionales y de un urbanismo que ignoró la vocación natural del suelo: el Floresta siempre fue terreno de agua, antes humedales y lagunas.

Una primera pieza surgió de ese contexto, cuando en la casa de mis padres se rescató de la inundación una cortina que quedó marcada por el lodo, trazando una línea de horizonte que señalaba hasta dónde había llegado el agua, más de 1.5 metros arriba del suelo.

Esta nueva reinterpretación a partir de esa primera cortina busca reactivar ese recuerdo en diálogo con la historia colectiva de una zona que sigue anegándose hasta hoy. Se trata de una cartografía afectiva y política: superpone la experiencia personal con las huellas de una falla sistémica, además de mostrar cómo los recuerdos sobreviven dañados e incompletos pero esenciales para comprendernos hoy.

2025

Mapa de Veracruz, fotografías deterioradas y marco dañado por humedad.